

Muriendo muero prisionero entre mis pensamientos, queriendo plasmar, con necesidad imperiosa, el silencio de mi memoria. Muriendo, Muriendo muero cautivo de mi sombra, entre dormidos versos de amor.









Déjame


EL LADO DE LA VALLA
Entraremos con futuro incierto
y dejaremos atrás
la lejanía ignorada
entre alambradas
de sombras de noche.
Viajaremos por el desierto
y perderemos nuestra memoria
en los oasis perdidos
de ilusiones olvidadas
bajo una triste luna.
Cruzaremos las estepas
quemadas del sol,
entre el hedor del cuerpo
y húmedas lágrimas
de sal sincera.
Dentro y fuera,
como apatridas
de una sociedad injusta
arrastraremos
el color de nuestra piel.
Nuestro corazón hierve,
pues, condenados estamos
a lo largo
de líneas rectas del camino
entre espejismos del desierto.
Bajo la piel negra
late un corazón rojizo,
hundido en las heridas
buscando un lugar
para descansar.
Y nos preguntamos
en que lado
de la valla estamos,
en el de la crueldad
o en el de la esperanza.
¡Qué irreal es todo!
Un paraíso olvidado
entre velos de noche
y alambradas fantasmales.




AMORES DE CONTINENTES
Dejé a un lado mi alma
para apoyar mi corazón al alba.
Siente amor mío
el huracán de muros
entristecidos de habla,
meciendo tus sueños
de oleajes bravíos 
con extrañas sensaciones.




CASTILLO DE LOARRE (HUESCA)
LEYENDA DE UN CASTILLO
La sombra deja caer sus brazos
sobre la muralla fortificada
pidiendo piedad
por quitar la luz de la tarde.
Las nubes acechan en la lejanía
por mojar la cripta del peñasco.
Las piedras dormidas
descansan a través de los siglos.
Los pasadizos silenciosos
dejan ver las almas perdidas.
La soledad envuelve mi mirada
entre los torreones del castillo,
presintiendo sonidos guerreros.
La lluvia de mis ojos cansados
nubla la vista de los olivos
en este frío invierno.
Oigo el llanto del viento
cruzar la torre albarrana,
oigo el lloro del silencio
de mi alma,
siento que mi final
se acerca a lomos de la muerte.
Me llaman Tuglas,
“Siervo de Dios”,
hombre de bien
en esta vida terrenal.
¡Loado sea el Rey!
¡Loado sea Loarre!

CASTILLO DE SOTOMAYOR (PONTEVEDRA)
EL SILENCIO DE SOTOMAYOR
Que solas están…
Almas perdidas en el silencio
de monjes cautivos de libertad.
Que solas se encuentran,
que el vagar
les resulta cruel por descansar.
Que solos están…
En los maitines de la mañana
los silenciosos torreones.
Orgullosos plataneros,
vigilan el sol entrar
a través de vacíos aposentos.
Altaneros robles,
ensombrecen aun más
las paredes ennegrecidas de la fortaleza.
El sol intenta brillar
en la oscuridad del castillo,
entre silencios de almas perdidas.
Que solas están…
Las almas del castillo
en su clamar sin piedad.





“Las olas de frío dejan situaciones tan lamentables como la que voy a relatar”
Y sin embargo había encontrado techo en aquel puente de los tres ojos, donde el aire descansaba al final del día. El vagabundo escudriñaba con la mirada fría el terreno para pasar la noche, buscando el refugio ideal para soportar las oscuras y largas horas del invierno. Sus pies cansados de “vagamundear” apartaban papeles y jeringuillas olvidadas de sombras de noche, con el miedo metido en su cuerpo miserable, protegiendo de alguna manera su triste vida.
Se entretuvo en colocar los cartones de una nevera sobre el suelo húmedo esperando que le diera el suficiente cobijo en su pesado dormir. Escuchaba el agua deslizarse a través de los ojos del puente esperando en su delirio noticias de aguas arriba. Escuchaba el viento romper en las paredes de piedra, laceradas y heridas con escritos soeces. Lamentaba su suerte mientras meditaba la situación que le había llevado a encontrarse sólo en este mundo.
Sentía hambre, pues no recordaba la última vez que había probado bocado. Miraba su inseparable botella de vino y se dejaba deslizar entre las sábanas de cartón hasta que el sopor invadió “la lucidez” de su cerebro.
La mañana llegó radiante, el sol empezó a calentar y los vencejos y estorninos alborotados empezaron el ir y venir a través de los ojos del puente buscando alimento, con chillidos estridentes en su volar.
El astro rey empezaba a dejar su cara despierta reflejada en el río mientras el vagabundo seguía inmóvil. Palomas asustadizas en pequeños vuelos, intentaban acercarse con miedo a la escena del puente. La botella seguía en su sitio, esperando el leve movimiento tan habitual en las mañanas por su dueño.
Dos jóvenes desde la otra orilla, desorientados y con la mirada impasible, encontraron acurrucado al vagabundo en su frío colchón.
.- Parece que duerme, dijo uno.
.- No parece que esta muerto, le contesto el otro
-. Tírale una piedra para despertarlo.
-. Parece que no se mueve.
-. Grítale. Tírale más piedras.
.- ¡Vámonos! No nos metamos en líos.
Y el vagabundo seguía inmóvil ante los ángeles, que velaban su cuerpo apedreado. Y sin embargo había encontrado techo en aquel puente de los tres ojos, donde el aire descansaba al final del día.